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Hablar en emojis: es inútil resistirse

Hablar en emojis: es inútil resistirse

Cada día se envían 6.000 millones de emojis en el mundo. Eso significa que al menos uno de los siete mensajes diarios que, según un estudio de Swyft Media, mandamos los incluye. Las palabras ya no nos parecen suficientes, y la importancia de los emoji en nuestra comunicación cotidiana es tal que hechos como la falta de iconos que representen minorías étnicas generan intensos debates en Estados Unidos. En 2015 el diccionario de Oxford escogió al emoticono que llora de risa como Word of the year, pero ¿es saludable tanta carita?

No, para Scott Fahlman. Este ciudadano de Ohio declaró recientemente a la publicación Digiday que no se encontraba satisfecho con la deriva que ha tomado el empleo de emojis. Y su opinión vale más que otras, porque fue él quien en 1982 propuso por primera vez el uso de iconos para expresar emociones por texto. Así es, al padre de los emoji ahora no le gustan. Aunque su queja tiene más que ver con la estética: dice que lo que le pasa es que encuentra horribles tantas caras amarillas.

Captura de Emojitracker

Captura de Emojitracker, un contador en tiempo real del uso de emoji en Twitter.

El caso es que, desde la Fundéu, que trabaja para fomentar el buen uso del idioma español en los medios de comunicación, su gestora de redes, Yolanda Tejado, nos avisa: tenemos emojis para rato. “Se han convertido en algo natural en la comunicación escrita”. No es nada difícil darse una vuelta por Twitter y toparse con ellos, y no ya en los mensajes de usuarios particulares, sino también en los de cuentas institucionales con tantos seguidores y relevancia como @policía y @RTVE_es. Ahora bien, ¿es recomendable su uso en cualquier situación? Como casi siempre, los expertos consultados coinciden en que en el término medio está la virtud.

Carlos Molina, content director de la consultora Best Relations, se declara “partidario de no abusar de los emoticonos” en términos de comunicación corporativa. Pueden restar seriedad, avisa, y la seriedad a veces es muy necesaria para generar confianza. “No me imagino a una institución como la Policía Nacional avisando de un riesgo de seguridad utilizando una cara de pánico. El efecto que se conseguiría es el de banalizar el contenido, y ése es el principal riesgo”, reflexiona.

Pero el consultor aclara que la cuestión no es tanto si usar o no emoticonos, “sino cuáles utilizar”. Lo que conocemos como caras sonrientes rebajan, en su opinión, el tono de la comunicación, porque “restan formalidad y se asocian a emisores humanos”. En cambio, los iconos de objetos, las iniciales y las cifras “son expresiones casi literales de lo que representan”, que no añaden ninguna connotación adicional al mensaje y cumplen con una de las mejores virtudes que se pueden asociar al lenguaje: economía. Parece que es inútil resistirse.

Otras aplicaciones de los emoji: mucho más que diversión

El pueblo demandaba un botón de ‘no me gusta’, pero la omnipotente Facebook (más de 1.500 millones de usuarios activos al mes) decidió que los emoticonos -un corazón, una cara que ríe, una que llora, otra que frunce el ceño- de sus nuevos botones de reacciones eran una forma mucho mejor de expresar las emociones de su público. Eulàlia Hernández, profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC, señala esto como un buen ejemplo del triunfo de este código.

A la psicóloga se le nota su amor por los emoji. Y es que cree que no son sólo herramientas para atraer la atención, mantener la empatía o desambiguar, sino que también transmiten mensajes por sí mismos: “se ha comprobado que, con el uso frecuente, un emoticono de una cara sonriente, por ejemplo, llega activar la misma área cerebral que activaría la visión de una persona sonriendo”, asegura.  Hernández cita otras utilidades más allá de los tweets y los chats, como “la comunicación aumentativa y alternativa en personas con dificultades de comunicación”, y como una aplicación sueca llamada BRIS, diseñada para trabajar “con niños que han sido víctimas de abuso y violencia”.

¿Hablaremos algún día “en emojis”?

Hernández dice que, de hecho, ya somos capaces: hay aplicaciones que permiten traducir textos íntegramente a emoticonos, y la compañía estadounidense Emojiworks lanzó, el pasado año, el primer teclado físico de emojis, con hasta 120 emoticonos diferentes. “Todo tiene su función y su espacio”, reflexiona. Para la psicóloga, la clave está en discernir si avances así son útiles y, en caso afirmativo, en qué contexto lo serían. Ella entiende que el hecho de que el significado de un emoticono sea dependiente de la persona y el contexto de uso no representa una carencia, “sino algo característico”. Tal y como sucede, añade, con las palabras.

Carlos Molina recuerda que hoy “priman la rapidez, la reacción impulsiva y la gestión múltiple de conversaciones y contenidos en espacios de tiempo muy reducidos”. Y que somos la Generación Hit: “ya no nos segmentamos por criterios sociodemográficos, sino por la manera en que consumimos los contenidos: pasando de uno a otro como si fuera una lista de grandes éxitos”. Al igual que los GIF, los emoji son clave para entender un mundo así. El consultor nos recomienda que le echemos un vistazo al contador web Emojitracker, que registra el uso de emoticonos en Twitter en tiempo real. El ritmo de actualización es tan trepidante que su creador ha incluido una advertencia para personas con epilepsia.


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